jueves, 31 de enero de 2013

Rosalinda y Orlando


A Sara Ovalle, por su impulso a escribir esta historia…


Rosalinda abrió triunfante el ventanal que daba hacia la calle. Era una mañana fría de octubre y hacía poco viento. Su silueta se adivinaba bajo la camisa azul que traía. Esbozó una leve sonrisa pero tenía miedo de voltear. Cerró los ojos e imaginó que corría en un bosque donde Orlando no la alcanzaría pero sabía que estaba allí.

Acababan de hacer el amor. Orlando estaba recostado sobre la cama y en silencio observaba a su mujer, a Rosalida, a quien años atrás no le tomaba importancia. Ella miraba hacia la calle y pensaba que quizá era momento de partir. Pero algo en su corazón le decía que no debía irse.
Aun no era el momento.

Ros, hay algo que quiero decirte. Necesito que me escuches…

¿Qué me vas a decir ahora? ¿Qué ya pasó y que sigamos nuestro camino como siempre? ¿Qué sigamos peleándonos y resolviendo todo en la cama cuando se te da la gana?

Vamos mujer, no te pongas así, no voy a decirte eso… Deja de pensar por mí nena.

Rosalinda volteó a ver a Orlando con una mirada desafiante pero con un dejo de tristeza.
No quiero que te vayas. No quiero sentirme una más de tu larga lista de conquistas y de noches.  No quiero saber que me equivoqué, no ahorita.

Me impresiona la manera en que siempre estás a la defensiva. Lloras más que un camión de pollos… Lo que quiero decir es que me siento bien a tu lado y quiero saber si tu también.

Si no lo estuviera no estaría aquí Orlando. Esa es una pregunta obvia.

Orlando se incorporó y abrazó a la joven, quien estaba luchando poderosamente por no mostrarle vulnerabilidad. Aunque había dicho que no, sabía que podía enamorarse, pero que debía jugar muy bien su carta.

Rosalinda había conocido a Orlando años atrás en una presentación de una marca nueva de productos ecológicos para el hogar. Ambos eran mercadólogos y creían, cada quien por su lado, que eran los mejores. Rosalinda era una mujer rubia, de cabello largo y complexión delgada. Era alta y tenía unos ojos expresivos. Orlando era un adulto joven, de unos 33 años, blanco, de cabello castaño oscuro y era bien parecido. Solía ser muy galante con las mujeres, al grado de un cinismo que a veces no podía controlar. Era ese patán que nunca falta pero que su capacidad aduladora lo hacía ser el “master” de las relaciones interpersonales. Era el más odiado pero también el más buscado.
Rosalinda vivía sola con su pequeño gato Misha, que cada vez que llegaba Orlando a la casa, lo graba hacer que se le pusieran los pelos de punta. No le gustaban los gatos, pero ella encontraba gracioso ese detalle. “No le gustan los gatos pero qué tal las méndigas zorras”.
En la primera ocasión en que se citaron, ella llegó puntual a la cita. Hacía cinco años atrás de eso. Era una noche fría y habían quedado en verse en un barecito de la avenida Hidalgo, en Zacatecas. Pero Orlando nunca llegó. La hizo esperar dos horas y al final, él se disculpó porque tenía que quedarse hasta más tarde. Pero ella no se quedó sola, se encontró a un viejo amigo que le invitó una copa de vino tinto, una buena plática y luego se retiró.
Era verdad, él solía ser un patán pero pocos, o casi nadie, le habían dicho eso en su cara. Todo era a sus espaldas.
Pero Rosalinda no, era franca y lo que pensaba se lo decía en ese momento. Así como lo pensaba, lo decía y esperaba su reacción. En varias ocasiones le dijo que ya no le interesaba. Pero Orlando parecía no tomar eso en cuenta. Se sabía seductor y peor aún, sabía que podía domar a ese espíritu rebelde. Un 31 de enero se encontraron caminando por las calles del centro. Se saludaron y él volvió a disculparse, pero ella ya ni se acordaba del asunto. Se fueron a un café y duraron horas platicando. Se hizo tarde y ambos se tenían que ir. El abrazo fue decisivo. Él temblaba y no sabía qué decir. Toda su estrategia, sus encantos, su “charm” para conquistar a las mujeres parecía no funcionarle. Ni toda esa labia ni esas poses de “yo-me-llevo-bien-con-todos-los-empresarios” le estaban dando éxito.

Nos volveremos a encontrar, le dijo ella al oído al joven que de pronto olvidó dónde estaban sus llaves.


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